Por Santi Frontera, peregrino del mareo elegante y coleccionista de decisiones discutibles
La mañana amaneció limpia y fría en Estambul, de esas que te obligan a meter las manos en los bolsillos y a prometerte que hoy sí, desayunas sentado. Subí a Pierre Loti caminando por el cementerio de Eyüp, entre cipreses afilados como agujas y lápidas de mármol que parecían columnas en miniatura. El aire olía a tierra húmeda y café tostado que subía desde las terrazas. Encajé la bolsa de viaje en el hombro —la maleta, Fidela, dormía en el hotel— y me dejé llevar por la cuesta.
En mitad del cementerio, un gato me cortó el paso con la solemnidad de un guardia real. Yo, que me creo diplomático cuando me hablan en silencio, me aparté de la senda para rodearlo y pisé una piedra suelta. Resbalón, equilibrio cómico, abrazo involuntario a un ciprés. Un señor mayor, cuidador del lugar, levantó la ceja como quien asiste a un ensayo general de tragedia griega.
—Camino —dijo, señalando la senda.
—Perdón —respondí, con el corazón en la garganta y el orgullo entre las hojas.
Al volver a la postura bípeda y sacudirme la ropa, descubrí que el gato, negro y solemne, permanecía en su sitio; me observaba con ojos dorados, de juez antiguo, y una expresión inequívoca: «pobre humano».
Continué mi camino.
En la terraza de Pierre Loti me recompensé con té y un simit tibio. La vista al Cuerno de Oro era una postal en azul y gris. Mientras mordía el pan, noté un detalle en una lápida cercana: A.C., 1978. El estómago me hizo una broma pesada. No podía ser casualidad… o sí. Respiré, me reí de mí mismo —Santi, deja de ver señales en cada piedra— y bajé la colina con la idea fija de navegar el Bósforo ese mismo día.

En Eminönü, los ferris grandes anunciaban excursiones hasta donde el Bósforo casi besa el Mar Negro. A mí, por supuesto, me pareció más romántico alquilar un barco pequeño. Vi a un hombre con cara de mapa antiguo y manos de cuerda: piel curtida, gorra de lana, mirada que había contado olas. Capitán sin tarjeta, guía sin micrófono.
—¿Hasta Anadolu Kavağı? —pregunté.
—Si el viento nos deja —contestó.
Acordamos un precio decente y, justo cuando íbamos a embarcar, el agua empezó a picarse con “olitas” juguetonas. Me dio un escalofrío recordando mi relación intermitente con el mareo. Decidí ser prudente: farmacia al canto.
La farmacéutica me ofreció una biodramina turca sin cafeína. “Más suave”, dijo. “Perfecto”, pensé. Error de manual: suave para el estómago, siesta para el alma. Me tragué la pastilla y volví al muelle con la dignidad de quien ha tomado una decisión adulta. El capitán, entretanto, había “optimizado” el negocio: cuatro pasajeros más esperaban con cara de excursión. Una pareja de jubilados sonrientes, un chico con cámara y una mujer con abrigo oscuro y cuaderno negro que no miraba el agua; miraba a la gente. Me saludó sin sonreír. Yo asentí, con esa amabilidad que se usa con la lluvia: inevitable.
Zarpamos. El capitán, que no se conformaba con pilotar, también narraba. Señalaba palacios, mezquitas y fortalezas con la mano libre, mientras la otra conversaba con el timón. Dolmabahçe resbaló a la derecha, los puentes del Bósforo cruzaron por encima como paréntesis de acero y el agua cambió de humor cada diez minutos. Yo, en cubierta, empecé a notar la manta soporífera de la biodramina sin cafeína. Quise escuchar; escuché a ratos.
—…Rumeli Hisarı… aquí Mehmed II… —su voz me llegaba como desde el fondo de una botella. La pareja decía “oooooh”, el chico hacía fotos a todo, y la mujer del cuaderno seguía apuntando cosas que no parecían monumentos. En algún momento me tumbé en la cubierta a “estirar la espalda” y me despertó una gaviota juzgando mi peinado. Dormitaba en capítulos: cinco minutos de guía, diez de sueño, un chorro de agua en la cara y vuelta a empezar.
Anadolu Kavağı apareció envuelto en olor a parrilla de pescado. El capitán nos condujo a un restaurante donde las mesas daban a la orilla. Me prometió la mejor dorada del Bósforo. Llegó a la mesa brillante, con limón y una montañita de ensalada que me parecía una obra conceptual sobre la clorofila. Yo, sin embargo, levitaba en la silla. La mujer del cuaderno me observaba con interés científico.
—¿Primera vez en barco? —preguntó.
—No lo sé—respondí, intentando acertar con el tenedor en el plato correcto.
Comí lo justo para no ofender y lo suficiente para que el sueño me abrazara con más cariño. De camino al barco, el capitán me explicó —o eso entendí— que si hubiéramos seguido un poco más veríamos el corte de agua donde el Mar Negro enseña los dientes. Yo asentí, emocionado con un mapa imaginario.
La vuelta fue una versión más íntima del viaje de ida: yo subí al techo de la cabina en busca de aire, otras dos gaviotas se interesaron por mi currículum y el capitán siguió ejerciendo de guía turístico para mis sueños. En una curva del río, vi reflejado en el cristal a alguien de perfil, manos a la espalda. Me incorporé de golpe. Era la mujer del cuaderno, que me miró sin prisa, como si supiera un secreto en el que yo era el protagonista y ella, la correctora ortográfica.
Atracamos en Karaköy con las sombras alargándose. Yo tenía el cerebro al ralentí y las piernas en modo autopiloto. Vi un triciclo eléctrico de reparto y mi mente gritó “¡tuk-tuk!”. Me subí de un salto, le enseñé la dirección del hotel y el conductor, sorprendido pero práctico, arrancó entre risas. Estambul no tiene tuk-tuks; lo mío era un motocarro heroico con batería justita y claxon entusiasta. Atravesamos calles como flechas torcidas, esquivamos un rollo de alfombra que cruzó sin mirar, y llegué al hotel con el pelo revuelto y la dignidad amodorrada.
En la habitación, la bolsa de viaje estaba intacta: cremalleras donde tocaba, el bolsillo interior protegiendo la cartera, la botella sin fugas. Ajusté la correa, respiré, y pegué en mi libreta una pegatina con un ancla que compré entre dos cabezadas. Aprendizaje del día: el mar enseña, pero si lo escuchas con biodramina sin cafeína, lo recordarás en diferido.
📦 CONSEJO DE VIAJERO
- A la farmacia hay que ir antes de salir de viaje y llevar un pequeño (pequeño, no te pases a ver si te van a acusar de narcotráfico) cargamento de medicinas de uso cotidiano.
- En barcos pequeños, lleva bolsa de viaje ligera y, si puedes, funda impermeable para lo delicado.
- Aclara ruta, paradas y si habrá más pasajeros antes de cerrar el trato.
- En Estambul no hay tuk-tuks: si buscas un atajo, que sea legal y con casco… o usa transporte público.