Por Santi Frontera, especialista en perderse donde más gente hay
Aterrizar en Estambul fue como abrir una novela de aventuras por la página equivocada: calor húmedo, voces en varios idiomas y un tráfico de carritos de equipaje que parecía coreografiado para chocar conmigo.
Mi primer despiste ocurrió incluso antes de cruzar la salida. En lugar de dirigirme al control de pasaportes, seguí de manera automática a un grupo de pasajeros con mochilas gigantes que iban hacia «Conexiones Internacionales». No sé por qué lo hice, pero avancé varios minutos convencido de que sabía lo que hacía. Sentía un inconfundible aire de propósito. La misión era clara: seguir al grupo de mochilas. Eran como mi manada de ñus personal, y yo era el ñu más despistado de la historia.
Todo iba bien hasta que un guardia me miró los papeles y dijo, con gesto cansado:
—Señor, usted ya ha llegado. Pasaporte, allí.
Hubo un silencio. La manada de ñus de mochilas me miró, y juro que vi que la mochila más grande tenía un monóculo. Parecía una especie de mochila aristócrata que me miraba con desprecio. Los demás pasajeros comenzaron a reírse. Media vuelta, risas contenidas de medio aeropuerto y primer sudor frío en Turquía.
Pero la cosa no terminó ahí. Justo cuando llegué al control de pasaportes, la misma manada de mochilas gigantes apareció detrás de mí. Habían dado la vuelta y ahora se dirigían a la misma salida que yo. Uno de ellos, un chico con una barba de tres días y un gorro de lana, me miró y me guiñó un ojo.
—Sabíamos que te encontraríamos de nuevo —dijo, riéndose.
Me di cuenta de que no eran un grupo de mochileros cualquiera. Eran un club de mochileros de élite que solo viajaba a pie y por tierra. Me habían confundido con un novato y querían reclutarme.
—Lo siento —dije, riéndome—, pero me temo que no puedo unirme a vuestro club. Yo solo sigo a la gente con mochilas gigantes. Es mi destino.
El chico se rió y me dio una palmada en el hombro.
—No te preocupes —dijo—, seguro que nos volvemos a ver. Viajar sin rumbo es la mejor aventura.
Me fui, pero la imagen de la mochila con el monóculo persiguiéndome por el aeropuerto no se me fue de la cabeza. Y, por si acaso, decidí que la próxima vez que viajara, no seguiría a nadie. A no ser que tuvieran una mochila con monóculo, claro.
Del aeropuerto al hotel
Una vez sellado el pasaporte, tomé un taxi hacia mi hotel en Sultanahmet. El trayecto fue un concierto de cláxones, minaretes asomando entre los edificios y anuncios de kebabs que parecían competir entre sí por la foto más apetitosa.
En el hotel dejé parte de la ropa y comprobé que Fidela había sobrevivido sin rasguños. La maleta, rígida y ligera, seguía fiel pese a mis carreras y despistes. Solo me llevé la bolsa de viaje para el día, pensando que sería más práctico moverme por la ciudad con ella. Error número dos: práctico, sí… pero vacío de recuerdos y pegatinas que tanto apreciaba en Fidela.
El recepcionista, con una sonrisa cómplice, me sugirió que visitara el Gran Bazar:
—Si quiere perderse, es el lugar ideal.
No sabía lo literal que sería su consejo.
Primer contacto con el laberinto
Entrar en el Gran Bazar es como caer en una tormenta sensorial: voces que se solapan en múltiples idiomas, telas colgadas como murales, lámparas de cristal que lanzan destellos, especias en montículos de colores imposibles, cuero, café recién molido, incluso el olor metálico de monedas y pulseras.
Los pasillos parecían multiplicarse. Intenté seguir siempre hacia la derecha, convencido de que así encontraría la salida. No funcionó.

De repente, el bullicio se fue apagando. Había tomado un desvío lateral, y otro más, y cuando quise darme cuenta, caminaba por un callejón estrecho, casi vacío, donde las tiendas estaban cerradas o parecían trastiendas olvidadas.
Fue allí donde, entre dos cortinas, vi fugazmente una figura de pie, manos a la espalda, gesto severo. ¿RÍGIDO? Juraría que sí. Cuando me acerqué, un gato saltó sobre una caja y la puerta se cerró de golpe. Me quedé inmóvil, con el eco del portazo en los oídos.
El encuentro extraordinario
Volví al bullicio casi agradecido del ruido. Y entonces ocurrió lo inexplicable. Entre un puesto de tés y otro de alfombras, escuché una voz conocida:
—Menudo sitio para cruzarse contigo, Santi Frontera.
Volví al bullicio casi agradecido del ruido. Y entonces ocurrió lo imposible. Entre un puesto de tés y otro de alfombras, una voz dijo, clara y con ese acento que reconforta en cualquier parte del mundo:
—Santi Frontera, sabía que volveríamos a cruzarnos.
Me giré tan rápido que casi derribo una torre de cajitas de lokum. Era la azafata de la puerta del avión en A Coruña
—¿Tu?—sentí cómo se me encogía el estómago—. ¿Cómo sabes mi nombre?
Ella sonrió, la clase de sonrisa de quien no necesita demostrar nada.
—Porque iba en tu vuelo de A Coruña a Madrid. Ibas en el 14C. Y porque no se me olvida un pasajero que intenta pasar por seguridad dos latas de mejillones en conserva “por si en Barajas no hay cena”. —alzó una ceja—. Además, en la puerta te llamaron por apellido cuando ibas con ese neceser multicolor; yo estaba a dos metros. Soy buena con las caras… y con los equipajes creativos.
Me quedé mirándola, aturdido por la casualidad y por el hecho de que me hubiera “fichado” así.
—¿Y qué haces tú en el Gran Bazar… vestida de uniforme?
—Escala larga. Compro té para mi madre y miro lámparas como quien colecciona constelaciones —dijo, señalando el techo de cristales—. Pero te confieso algo: no me sorprende verte aquí. Hay viajeros que atraen laberintos.
—¿Y también atraigo agentes de seguridad que se teletransportan? —solté, aún con la imagen de la figura en la trastienda clavada en la cabeza.
—No sé quién te sigue —respondió, bajando un poco la voz—, pero cuando la gente repite tu nombre en pasillos y controles, alguien más suele escucharlo. —Hizo una pausa—. Ten cuidado con los atajos. En mercados y en viajes, los atajos salen caros. Por cierto, me llamo Lola.
Se colocó una hebra de pelo detrás de la oreja y, como si retomara tierra firme, me dio tres consejos con la precisión de quien lleva medio mundo a la espalda:
- Regatea con humor. Aquí el enfado sube el precio; la sonrisa lo baja.
- Personaliza tu equipaje. Una cinta en el asa, una pegatina que solo tú reconocerías; ahorra dramas en la cinta de recogida.
- Lleva una bolsa plegable en el bolsillo. En Estambul, las compras te encuentran a ti.
—Y, Santi —añadió, ya alejándose entre especias y lámparas—, escucha las señales. A veces el viaje te avisa a su manera.
La vi desaparecer en el flujo del Bazar como si lo hubiera ensayado. Me quedé con el zumbido de su voz y la sensación, nada tranquilizadora, de que no era el único que había dicho mi nombre en voz alta ese día.
Tres consejos y una advertencia
Entre risas, Lola me dio tres consejos que valían oro:
- Regatea con humor. Enfado encarece precios.
- Personaliza tu maleta. Una cinta, una pegatina, algo que la haga tuya.
- Lleva siempre una bolsa plegable. Nunca sabes cuándo acabarás con más de lo previsto.
Antes de despedirse, me lanzó una advertencia:
—Y no ignores las señales. A veces, el viaje te está diciendo más de lo que parece.
La vi perderse entre lámparas y especias, como si nunca hubiera estado allí.
La salida
Encontré al fin una de las puertas principales. El aire exterior me supo a libertad, aunque la cabeza seguía dándole vueltas: la sombra en la trastienda, Lola apareciendo como un fantasma en uniforme, la etiqueta AC·1978 que parecía ahora más pegada que nunca.
Algo me decía que este viaje estaba trazado con más intención de la que yo imaginaba.
📦 CONSEJO DE VIAJERO
En mercados como el Gran Bazar:
- Regatea con una sonrisa: la paciencia y el humor bajan precios.
- Personaliza tu maleta con algo distintivo: cinta, pegatina o accesorio.
- Viaja siempre con una bolsa de mano plegable: te salva cuando aparecen compras inesperadas.
Producto en contexto:
Bolsa de viaje Benzi BZ-XXXX — Fabricada en poliéster resistente, ligera y con asas reforzadas. Ideal como complemento a la maleta de cabina para excursiones urbanas o visitas rápidas sin cargar con todo el equipaje.
🧳 Generado con IA y revisado con mimo, como quien prepara una maleta antes de viajar.