
El tren hacia Ankara se llenó de mochilas y cabezas apoyadas contra el cristal. En mi cabeza, sin embargo, no había silencio, sino el eco de una frase que me perseguía desde hacía tiempo: “Ankara Messi, Ankara Messi”. No sé de dónde la saqué, pero siempre la he relacionado con la capital turca y este viaje era la excusa perfecta para resolver el enigma. La repetía con tal convicción en mi fuero interno que uno pensaría que el astro argentino se había retirado en la liga turca y ahora vendía kebabs en la estación central. Yo, que de fútbol solo sé que once contra once acaban sudados, me prometí descubrir el misterio en la capital. Fidela, mi maleta azul, viajaba abajo, encajada en la bodega del tren, y seguramente agradecía que por fin no la arrastrara escaleras arriba.
Al llegar a Ankara, la decepción fue inmediata: nadie sabía explicarme qué significaba aquello. Pregunté a un vendedor de delicias turcas, a una señora en la cola del tranvía y hasta a un policía de tráfico. Todos se reían, respondían cosas vagas y me dejaban igual que al principio. Estaba a punto de rendirme cuando escuché una voz conocida a mis espaldas.
—¿Otra vez perdido, señor Frontera? —era Lola, la azafata gallega que aparecía en mis viajes como una sombra con uniforme. Esta vez llevaba vaqueros y chaqueta de cuero, pero mantenía la misma ironía en los ojos. —No perdido, investigando —le contesté con solemnidad. —¿Ah, sí? ¿Y qué misterio mundial resuelve hoy? —Lo de “Ankara Messi”. Lola se quedó callada un segundo, procesándolo. Luego, sus labios dibujaron una sonrisa que no pudo reprimir y finalmente soltó una carcajada limpia y sonora. —¿Ankara? —repitió, como si saboreara lo absurdo de la palabra—. Señor Frontera, por favor, dígame que no se ha venido hasta la capital de Turquía por eso. ¡No es Ankara, es encara! ¡Con E! de «todavía» en catalán. Se hizo famosa en la narración de Puyal… pero pareció arrepentirse y de repente dejó de hablar, seguidamente se llevó la mano a la frente, todavía riendo. —Madre mía, usted y el fútbol son de universos paralelos. Venga, vamos a desayunar antes de que intente encontrar a Cristiano Ronaldo en una iglesia detrás del altar.
Me llevó a un café donde me pusieron un té negro que parecía petróleo refinado y un simit con más sésamo que pan. Lola se despidió con una carcajada y una frase lapidaria:
—Santi, recuerda que hay preguntas que no quieren respuestas. Y si las quieres, el raki te las da… pero baratas no son.

Yo no entendí nada, pero horas después el destino la confirmó como profeta.
Aún sorprendido por el nuevo encuentro con Lola cogí un autobús rumbo a Capadocia, atravesando un paisaje que pasaba de seco a lunar y de lunar a cuento infantil en cuestión de kilómetros. El conductor vendía camisetas desde el propio asiento: “I don’t remember the question, Raki is the answer”. Pensé que era merchandising absurdo, pero al llegar a Göreme descubrí que todo el pueblo vestía la misma. Viejos, jóvenes, tenderos, hasta un burro llevaba una colgada como manta improvisada.
La intriga se me pegó como el polvo a las zapatillas. Recorrí las calles empedradas, me metí en bazares y hasta en una cueva transformada en tienda de alfombras. En el rincón más oscuro encontré una inscripción tallada en la roca: A.C. 1978. El corazón me dio un brinco. La dichosa etiqueta de Fidela volvía a aparecer en lugares insólitos. Empecé a sospechar que mi maleta y yo éramos personajes secundarios en una historia escrita por otra mano.
La tarde cayó con globos aerostáticos aterrizando como gigantes borrachos y turistas haciéndose selfies en cada piedra. Yo, agotado, terminé en un local que pretendía ser discoteca pero tenía la estética de garaje municipal. Música turca mezclada con reguetón y, en la barra, la bebida estrella: raki. El camarero me sirvió un vaso lechoso tras mezclarlo con agua, y la primera impresión fue como beber colonia barata. Pero no quería ser descortés con la cultura local. Dos vasos después, las luces ya bailaban más que la gente.
Y en medio de ese delirio apareció él: RÍGIDO. Uniforme negro, gesto serio, copa de agua en la mano. Me señaló con un dedo acusador.
—Nos volvemos a ver, señor Frontera.
—¿Aquí también trabaja usted? —pregunté, tartamudeando.
—Trabajo donde sea necesario vigilar equipajes sospechosos. Y usted siempre lo es.
Intenté defenderme, pero en ese instante sonó una canción, la pista se llenó y me empujaron hacia el centro. RÍGIDO, implacable, se deslizó a mi lado como si estuviera en un interrogatorio coreográfico.
—¿Qué lleva en la maleta? —me gritó al oído.
—Calcetines y un libro de mapas —contesté, intentando seguir el ritmo.
—Mentira. Su maleta guarda más preguntas que respuestas.
No sé si fue el raki o la paranoia, pero juraría que me sacó un formulario de aduanas y me lo agitó en la cara antes de desaparecer entre el humo de la máquina de niebla.
La noche acabó como acaban estas cosas: yo sentado en el bordillo de una calle de Göreme, con la camiseta del raki puesta sin recordar haberla comprado, y Fidela esperándome pacientemente en la pensión. Me miraba desde el rincón con la etiqueta de AC·1978 colgando, como quien dice “te avisé”.
Al día siguiente, el dolor de cabeza era una mezcla de martillo neumático y tambor otomano. Intenté leer lo que había anotado en mi libreta la noche anterior y solo encontré garabatos torcidos y una pegatina con forma de copa que, no sé cómo, estaba pegada entre las páginas. La moraleja era evidente: el raki da respuestas, sí, pero al precio de que olvides la pregunta y la resaca te la devuelva con intereses.
📦 CONSEJO DE VIAJERO
Asume que no siempre eres el protagonista de tu propio viaje. A veces, solo eres el tipo que lleva la maleta. Si el destino te empuja al centro de una pista de baile en una cueva de Capadocia, no te resistas. Puede que tu única misión en esa escena sea vigilar que el equipaje llegue sano y salvo al día siguiente. Y créeme, eso ya es un trabajo a tiempo completo.
🧳 Generado con IA y revisado con mimo, como quien prepara una maleta antes de viajar.